¿Sabemos escuchar?

¿Sabemos escuchar?

¿Por qué no sabemos escuchar?

Hablando con unas madres, una de ellas ha comentado que está leyendo el libro Cómo hablar para que tus hijos te escuchen y cómo escuchar para que tus hijos hablen y que le está ayudando mucho a mejorar la relación con su hija de seis años y, por suerte de esta familia, el padre se ha dado cuenta del cambio que ha habido y también ha decidido leerlo y postergar el regreso del libro en la biblioteca.

Este me lo leí hace unos años cuando mi hija mayor era muy pequeña y el recomiendo a cualquier persona!

Pero, ¿por qué hemos de sable escuchar? ¿Por qué no sabemos? Y, sobre todo, por qué aparte de escuchar debemos aprender a mirar, a observar para entender nuestros hijos y todo lo que nos rodea?

En primer lugar, nos tenemos que mirar a nosotros mismos: nos gusta que nos escuchen cuando hablamos pero, ¿qué ocurre cuando somos nosotros que no escuchamos a los demás cuando nos hablan ?. Empezamos por aquí! ¿Cuántas veces al día escuchamos a nuestros hijos? Estamos acostumbrados a escuchar a nuestra pareja (bueno, sobre todo si las cosas van bien!), En la vecina, al amigo y la amiga, a la maestro, etc pero a menudo nos descuidam de escuchar a los pequeños. Son aquellos y aquellas que nos piden cosas muy a menudo, a veces, nos creemos que lo único que esperan es «llamar la atención», conseguir cosas, etc. Pues no es así! Pero realmente, los escuchamos? Nos paramos de lo que hacemos, nos acotación para mirar a los ojos y los escuchamos? Entendemos lo que nos dicen?

¿Qué quiere un niño o una niña cuando nos habla? Muchas cosas … Quieren expresar una idea, quieren pedir algo que en aquel momento no tienen o no llegan, quieren un poco de afecto, quieren contarnos lo que le ha pasado ese día, el sueño que han tenido, etc. Pero muchas veces no lo hacen como lo hacemos los adultos. No nos dicen: he tenido un mal sueño, hoy a la escuela hemos aprendido a contar, leer, etc ,; tengo ganas de un beso tu o que me digas que me quieres … No lo hacen así porque simplemente, no son adultos! Son personas que están aprendiendo mucho con poco tiempo, que su cerebro todavía se está desarrollando, que no tienen las herramientas que nosotros, los grandes, en teoría tenemos (digo en teoría por qué más de un todavía no las tiene .. .). Pero en cambio, les exigimos mucho por encima de sus posibilidades, de su entendimiento y, encima, nosotros no les damos ejemplo …

Cuando nuestras hijas e hijos lloran, gritan, agreden … solemos reaccionar de la manera menos acertada: no llores, calla, no es para tanto (negando sus sentimientos), devolviéndole la agresión (física y / o verbal pero siempre agresión emocional, por tanto, transmitiendo que la agresión se cura con otra agresión), gritando, fogint, chantajeando para que todo vuelva a la normalidad (si dejas de llorar, gritar … ponemos la tele), no pegues, no, no, no … Pero cuando es que nos hacemos la pregunta, «¿por qué mi hijo hace esto?» y, sobre todo, cuántas veces hemos pensado que es lo que quiere conseguir haciéndolo ?. Sabéis realmente que quiere un niño, una muñeca cuando llora, grita, etc (excepto cuando se ha hecho mal) ?. Os está diciendo que os necesitan, que no saben dónde está el límite de lo que está haciendo, a veces que están cansados, que tienen sueño o apetito, otros que tienen algún sentimiento, emoción que no saben cómo tienen que expresar y lo hacen así como saben por qué todavía nadie les ha enseñado a poner nombre a lo que sienten.

Y qué podemos hacer madres y padres ante estas situaciones? Acompañar! De nada sirve poner mil pegatinas de colores para que puedan tener castigos y recompensas, de nada sirve gritar-los, ignorarlos, insultarlos … Haciendo esto, lo único que conseguiremos es que no confíen en nosotros, sus padres, que al final, con el tiempo, opten por no contarnos las cosas importantes de su vida y que aprendan que no son importante para nosotros. Y nunca es tarde para empezar a acompañar.

Acompañar significa estar, escuchar. Si la muñeca, el niño está agrediendo, es claro que la tenemos que parar. El podemos parar haciendo contención, cogiéndole las manos y al final, abrazándolo y dejando que descargue la rabia que lleva dentro. Acompañándolo con nuestras palabras, ayudando a ponerle nombres a lo que siente (p.ej. un niño que pega al hermano pequeño: te da rabia que sea con nosotros, que no estemos solos tú y yo como antes de nacer tu hermano, te da rabia que te quite tus cosas, etc.). El niño irá entendiendo que no está solo, que no es malo tener rabia, que tiene todo el derecho a enfadarse, a llorar, etc pero lo que no tiene derecho es a hacer daño a los demás. Lo hemos de ayudar a canalizar la rabia y no verla como un hecho negativo sino como una emoción más que grandes y pequeños experimentamos.

Por cierto, es malo llorar? A ver que en Estas … Es ideal poder dar espacio a estos sentimientos a pequeños y grandes.

En segundo lugar, ¿por qué no sabemos escuchar? Simplemente, por qué no lo han hecho con nosotros. Estamos demasiado condicionados, acostumbrados a sentir desde pequeños «ave venga, que no es para tanto, no llores que pareces un bebé, llorar es de pequeños …». Nuestras emociones no estaban bien vistas, nombre es eran pequeños y pequeñas y no éramos importantes como los grandes (os suena aquello de «ahora no puedo, estoy charlando con los grandes» y por qué nos hicieran caso empezábamos a gritar, o pegar al niño del devora hasta que la madre o el padre nos hacía caso aunque era con otro grito o incluso, con una bofetada, pero nos hacía caso?). La mayoría de nosotros no hemos sido acompañados ni acompañadas durante nuestra infancia y no por qué tuviéramos unos malos padres (de hecho han sido unos padres excelentes que nos han enseñado muchas cosas) sino que nadie les había hablado de las emociones, los sentimientos, de los miedos infantiles. Incluso, la gran mayoría de adultos nos cuesta muchísimo expresar lo que sentimos, así como nos encontramos, las vivencias que hemos tenido (en positivo y en negativo) y nos da miedo escuchar hablar a un adulto que lo pasa mal y que necesita expresarlo (no sabemos a acompañar un proceso tan cotidiano como es el duelo). Pero nunca es tarde para aprender.

Y la última pregunta: ¿por qué observar, mirar a nuestros hijos? ¿Por qué tenemos que aprender a mirar con sus ojos! Así de sencillo. Si comprendemos por qué reaccionan de una forma, si observamos lo que le ha pasado antes, podemos anticiparnos a sus reacciones y proporcionarles las herramientas adecuadas para solucionar los obstáculos actuales y los de la vida futura, mejorar las relaciones de los nuestros hijos con los iguales y poner nombre a como se sienten en ese momento. Así evitaremos muchas reacciones no tanto adecuadas y que tanto nos molestan a nosotros. Asimismo, mirando con sus ojos, abriremos nuestra mente y entenderemos cómo funciona su aprendizaje, cuáles son sus capacidades actuales y también las capacidades potenciales, aprenderemos a entender el mundo de una forma más sencilla, a cuestionarnos lo que esperamos de nuestra vida y dar alas para que un día nuestros hijos vuelen pero tengan las raíces bien consolidadas por sable con quien confiar.

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