Aprenendiendo de los hijos y las hijas

Aprenendiendo de los hijos y las hijas

Este es un escrito que hice para la escuela de mis hijas. Esta soy yo, esta es mi familia. Me hace ilusión compartirlo en mi blog y que me podáis conocer un poquito más.

Somos Catalina Maria Pou, todo el mundo me conoce por Cati Pozo. Somos madre de dos hijas, Aina de 7
años y María de 3 años. Asimismo, hago malabarismos, como todas las madres y padres, para conciliar la
vida familiar y la vida profesional. Me dedico a la psicología, además de la consulta privada, llevo
grupos de familias con bebés pequeños y ahora, en breve, empezaré grupos de familias con hijos ya más
grandes, a partir de los 4 años hasta los 12. Me encanta la psicología perinatal y me he formado. esto ha
sido un regalo de mis hijas que me han hecho entender la gran importancia de recibir un bebé con
las mejores condiciones posibles para que crezca rodeado de amor y convierta una persona adulta
capaz de resolver las diferentes situaciones que la vida le llevará de la forma más óptima y respetando y
amando a los que le rodean.
Gracias a ellas dos he podido entender que somos realmente las personas y más concretamente los
niños. Gracias a ellas dos he aprendido que la visión que tienen los niños hacia la vida es mucho mejor
que la que tenemos los adultos y eso me ha servido para aprender a agacharme a la altura de los ojos de las
mis hijas y mirar desde su óptica. No me ha sido nada fácil hacerlo. Antes de ser madre, aunque
que entonces no lo sabía, tenía muchos prejuicios e ideas erróneas de lo que era la crianza de los hijos. En la
carrera me enseñaron que los niños se les debe «criar» con disciplina, castigando cuando es necesario y
recompensando cuando toca. Pero fui madre y todo un mundo nuevo se abría lleno de incógnitas, de preguntas
que nadie sabía contestarme, de nervios y de miedos. Y, de repente, vi sable que era realmente amar.
Empecé a plantearme cómo debía cuidar, amar, criar y educar mi hija mayor y me
di cuenta de que aspectos que había heredado no me servían, que la idea de que los niños y niñas necesitan
padres autoritarios que lo deciden todo por ellos-se y que los niños deben tener obediencia absoluta hacia
los progenitores sin poder de decisión tampoco me convencía. De repente, vi (fuimos, con mi
pareja y padre de mis hijas) dejar llevarse me para el corazón y por el instinto que tantas veces se hace
callar y voy (hicimos) decidió criar desde el corazón, observando, hablando, escuchando y sintiendo. Y leí y
formarme en otras ramas de la psicología.
No ha sido un camino nada fácil pero sí un camino con grandes satisfacciones, risas, abrazos y muchas
ratos de hablar. Y después de siete años estoy bien orgullosa de la elección que hicimos. Veo que las
mis hijas, que por suerte no son perfectos como tampoco lo soy yo, tienen una gran empatía, que son
capaces de ponerse en el lugar de la otra, que luchan por las injusticias de su alrededor, que se quejan
cuando hay cosas que les desagradan o están en desacuerdo, que saben luchar por lo que ellas encuentran
que tienen que luchar, pero no pisan los que tienen alrededor, que los respetan, que se alegran cuando
otro ha conseguido una determinada meta, que aman sin condiciones, que escuchan a grandes y
pequeños, que los abrazan cuando lo necesitan … Y ellas lo hacen todo desde el corazón para que el que han recibido es
respeto y diálogo. Y de la confianza de sable que cuando ellas se equivocan, las cosas se hablan igual
que cuando me equivoco yo o se equivoca su padre.
A veces miro alrededor y me doy cuenta de que algunas familias no optan por hablar con sus hijos-as, que
la imposición de lo que está bien o lo que está mal se basa más con ideas de que el adulto es el que
tiene la razón y que hay que hacer lo que dice él por qué es el correcto. No se explican las cosas a los niños,
no se pactan con ellos, no se les escucha y se deja llevar por las expectativas que madres y padres se
crean hacia los hijos-as, de cómo deben ser y de cómo deben comportarse. Y, de repente, empiezan los
problemas. Y, de repente, viene la vieja idea de que «tengo que llevar a mi hijo-a al psicólogo por qué tiene
problemas de comportamiento ». Y el trabajo está en hacer ver cómo se relacionan con el hijo-a, como se
hablan mutuamente, como se escuchan y cómo expresan sus sentimientos y sus emociones. Y
te das cuenta que nada de esto existe dentro de aquella familia. Y que cuando les explicas que la base de las
relaciones con nuestros hijos-se es otra y que todo tiene consecuencias dentro de las etapas posteriores,
dentro la adolescencia y en la vida adulta se empiezan a plantear otras opciones y otras formas de
relacionarse con los hijos-as. Sí ¿por qué en la adolescencia se ven los resultados de cómo nos relacionamos con nuestros hijos-as. Se ve si se ha fomentado la confianza mutua, si se han podido
expresar los diferentes altibajos emocionales que toda persona, grande y pequeña, tiene. Y no se trata de que
madres y padres nos convertimos en los amigos de nuestros hijas-se, por qué somos sus padres y madres,
sino que cuando el adolescente, que está pasando una etapa que puede llegar a ser dura, tenga un
problema serio sepa que puede confiar con los progenitores y que, pase lo que pase, lo recibirán con
respeto, diálogo y comprensión, ayudándole cuando sea necesario o poniendo a su alcance las herramientas para que
el adolescente lo resuelva por él solo.
Y mis hijas me han dado todo esto, sable respetar, escuchar, mirar, estar presente. Y gracias a
estos aprendizajes podemos dar a nuestras hijas las herramientas para que puedan crecer y
desarrollar en la vida de la mejor forma. Y que somos persona y que como tal, me equivoco y aprendo
de mis errores.
Gracias Aina para enseñar a amar a los demás.
Gracias María por enseñarme a amarme a mí misma.

Deja un comentario